La poética visual de Eric Pérez

 

Los cuadros de Eric Pérez están a punto de contar una historia. La provocan, la insinúan y luego, en el momento justo antes de empezar y cuando ya parecen tener todos los elementos, la condenan al vilo y se quedan congelados, diríase que en éxtasis ante sí mismos y su entorno. Por eso no sería exacto decir que se trata de una pintura narrativa. No lo es. En cada pieza hay un núcleo narrativo, es cierto, pero éste nunca explota. Es una implosión lo que tiene lugar. Lo que la obra enuncia va al interior de sí misma, no la rebasa anecdóticamente. Por eso Eric Pérez no es un narrador sino un poeta de lo visible. La poesía no es el desarrollo de una historia sino el registro de su huella.

Lo fragmentario, el frío, el agua y la piedra, el espacio abierto: éstos son los elementos con los que se va conformando la poética visual de Eric Pérez. De ellos se desprende un discurso sometido a intensa presión emotiva. Es un discurso recurrente, obsesivo, circular, en el cual la mayor preocupación parece el conflicto entre el individuo, la conciencia subjetiva y su circunstancia espacial: la condición humana que, en presencia de lo monumental, de la piedra y el agua, pone de manifiesto su desolación. Es el vértigo de ser lo que se siente en esos cuadros. Ser un extraño en el mundo, ser un punto apenas en la majestad de lo creado, ser un sujeto que puede sufrir frío, soledad, incomunicación. Porque las figuras humanas de Eric Pérez dan la impresión de estar aisladas en una insondable individualidad. Aunque se encuentren acompañadas, cada una parece hallarse a una distancia enorme de las otras, como absorta en algún recuerdo. En efecto, hay un tono de morosa evocación en estos cuadros, una nostalgia invencible que pesa sobre las espaldas de los personajes, como si todo viniera de la memoria y debiese tornar a ella. Es parte de su dialéctica: el presente de lo visto se confunde en la niebla con la intemporalidad de lo recordado: piedras pequeñas al lado de grandes rocas, piezas horizontales alternando con formas verticales, lo vital y lo inerte, el paisaje real disolviéndose en un espacio interno.

                                                                                                 Agustín Cadena
México 2003