Contra los apremios del siglo


El hecho de que un pintor joven como Eric Pérez acometa hoy el género paisajístico mediante un lenguaje canónico, supone algunos condicionamientos de los que debe tener plena conciencia a fin de legitimarlo ante las expectativas artísticas actuales. Por eso, más que los propios parajes que recrea en sus pinturas, sus referentes a ultranza son la historia del paisajismo occidental ocasionalmente confrontado con el oriental y, por ello, la naturaleza misma del arte, su problematización actual y las teorías que podrían poner en entredicho su voluntad de ejercer la mimesis de la realidad física cuando ya parece exclusiva de la fotografía.

De allí que Contra los apremios del siglo, título de esta selección de sus obras realizadas en los últimos cinco años, pueda gozarse tanto por su belleza formal como por propiciar la reflexión, desde que sugiere que los diferimientos del fin de la narrativa y, por tanto, del ilusionismo pictórico, han alentado más su resurgimiento que su desaparición.

Así que estos paisajes pintados de memoria y a manera de revelaciones experienciales, acaso místicas, oponen a los apremios del siglo la determinación de asumir una vocación pictórica cuando se ha presumido su obsolescencia, para reactivar el género paisajístico desde una posición tan crítica como admirativa de sus referentes históricos y afrontar las implicaciones de refrendarlo en pleno dominio posconceptualista.

Sin embargo, el verdadero tema de estas pinturas, definible como la atracción por lo lejano y diferente, o bien, como la identificación de la propia diferencia en la lejanía, acomete asimismo lo conocido, como sería el paisaje mexicano, como un misterio a desentrañar. Y aún más, debido a que sus formas de emplazamiento e implicación subjetiva fusionan diversas claves de ciertas tendencias paisajísticas históricas, es imposible o tal vez inútil definirlas como románticas o simbolistas o naturalistas o fantásticas de nuevo, ya que su modo de conjugarlas genera un producto que desvanece las huellas de sus orígenes.

Sean rincones o vistas panorámicas de Banff o Yoho (Canadá), Baroña (España) o Etla o Tlalnepantla (México), las suyas son reelaboraciones y proyecciones diferidas de recuerdos, o bien, memorias de sitios específicos cuyo sentido último sólo es descifrable como un sueño recurrente o como un mito que demuestra su eternidad. Así, metafórico, alegórico o metafísico Eric Pérez trasciende la mera réplica visual de ciertas topografías para explorar los potenciales connotativos de su singularidad o extrañeza.

Corrientes y caídas de agua, cielos oscuros, costas rocosas, impetuosos oleajes marinos, macizos montañosos, veredas lejanas, acercamientos a detalles conspicuos o aperturas a la infinidad, son motivos utilizados aquí casi como constantes modulares cuyos diferentes modos de articulación y bajo distintas luces, ilusionan la realidad o la reorganizan significativamente.

Un recorrido cronológico por estas pinturas mostrará que su eje conductor no sólo cambia de sentido sino que se ramifica. A partir del paisaje tradicional e incluso del costumbrista, Eric Pérez explora nuevas posibilidades de proyección connotativa apoyándose principalmente en los tratamientos cromáticos. La bruma, la penumbra y la casi total oscuridad confieren al paisaje calidades de proyección emocional que unas veces se resuelven líricamente y otras plantean reflexiones sobre la permanencia de los mitos. Atmósferas naturalistas o simbolistas o expresionistas, el carácter puramente mental de estos paisajes se acentúa cuando en ellos figura un motivo clave: la figura humana.

Cuando ésta es la protagonista del cuadro, como en La miradora (2003), una situación perfectamente plausible permite establecer un juego entre lo real, representado por el seno agua clara y los reflejos luminosos sobre el cuerpo humano sumergido, y lo ilusorio, en este caso mediante una omisión provocativa, que torna enigmático un objetivo tan trivial como la mirada de la modelo sobre la superficie del agua, cuya cabeza queda fuera de la vista. Los lunáticos (2004) funciona en un plano metafísico. La referencia a un mito oriental, el de Li-Po sumergiéndose en el reflejo de la luna sobre el agua, y la figura de un niño de escala gigantesca contemplando la escena apaciblemente, no sólo aúnan dos dimensiones temporales sino dos escalas dimensionales inconciliables. Una tercera opción es Tierra (2004), donde la figura de un nadador, probable metáfora de un ángel barroco entre nubes, invierte el orden natural y propone el paisaje como un espacio de conmutación de sus elementos tradicionales. 

Cuando la figura humana es diminuta, suplanta las funciones accesorias de pastores, labriegos o paseantes ocasionales a la manera del paisaje inglés decimonónico, para mostrar la mutabilidad de las escalas dimensionales. Una peña es portentosa, un mar embravecido es intimidante, un cielo pesado es amenazante o un nudo montañoso es un acertijo insoluble, si la figura humana es pequeña y enormes sus temores y aspiraciones. Sin embargo, toda aspiración a expresar lo sublime como recurso genérico se desvirtúa a causa de las actitudes lúdicas, indiferentes o displicentes de las figuras de hombres, mujeres, niños y adolescentes. Si el objetivo de algunas obras era provocar sensaciones de intimidación ante enormes y oscuras fuerzas naturales, como en el paisajismo inglés decimonónico, o de comunión meditativa con la infinidad o la sugerencia de analogías fisiológicas o sicológicas o filosóficas de los accidentes topográficos, su contención prueba su conciencia de estar transitando por caminos ahondados por siglos, pero también de ejercer su libertad de persuadirnos a sentir que se camina por primera vez bajo esa luz particular y, sobre todo, que esto se significa mayormente al confrontarse con el arte actual que ha prescindido de toda capacidad de seducción sensorial.

Fiel al recuerdo de un lugar o líricamente infiel al orden y al sentido de los elementos naturales, la obra de Eric Pérez reflexiona sobre el lugar o lugares que ocupa el ser humano en la naturaleza y, por añadidura, sobre el que debe ocupar una pintura que reconoce el lugar del pasado como el linaje del presente, ante los lenguajes objetuales que hoy dominan el ámbito artístico. Muchos de los sitios rememorados por Eric Pérez son canadienses. Costas, montañas, cascadas, ríos y lagos siempre fríos, brumosos y virtualmente vírgenes, su atracción es su otredad. Sin embargo, cuando rememora una zona de un bosque tan conocido como el de Chapultepec, en Terrones (2005), su extrañamiento es tan profundo como podría ser el del espectador ante sus propios paisajes anímicos.

Luis Carlos Emerich
México 2005