Algunas reflexiones en torno a la pintura de Eric Pérez

 

A. Se dice (uno mismo lo piensa) que la pintura, la poesía, el teatro, la escultura, la danza, están muertas. (Viva esta la red, vivos los videos, los mensajes, los juegos de hazañas, la fotografía, vivo el cine). Y no es que sea el fin del mundo (o sí) sino que se trata de un cambio de paradigma. Nuestro Homero es ahora David Lynch; nuestro Miguel Ángel, LaChapelle.

Si la pintura está muerta, ¿por qué hay tantos buenos pintores?

Muerta no está la pintura: muerta está la percepción de la pintura: los antiguos nos impresionan por lo que valen y por lo que cuestan; los modernos tan sólo, o así decimos, cuando vemos qué tan aferrados a los prolegómenos del nuevo paradigma están. Y así juzgamos.

¿Por qué está muerta la pintura (en Occidente)? Porque ya no existe la percepción de su deleite.

La pintura es inmóvil cuando no lenta; eterna (los lebreles y los ciervos de Paolo Uccello) eternamente, muchas veces majestuosa, grácil a pesar del peso muerto de una ideologia o los afectos de una corte.

Fiel a una representación del mundo que no nos satisface porque hemos descendido en profundidad, y necesitamos imágenes que se muevan, la pintura no obstante sigue allí. Nuestros ojos, “esas dos joyas voluptuosas” de las que escribió Jim Morrison, no nos permiten otra cosa que el voyeurismo. Y la pintura es lo contrario del voyeurismo.

Robinson Jeffers hablaba de la curva que cae en el horizonte civilizatorio y la que asciende; por un breve tiempo estas dos curvas comparten sus luces; el crepúsculo de una, que es la civilización occidental y cristiana se funde con el amanecer de la otra, una civilización mundial y esotérica. Hay más un instante de obscura oscilación, como esas sombras movedizas anteriores a un eclipse.

Y si está muerta, ¿cómo es que murió? Ah, de una sobredosis de intelectualismo, no de una sobredosis de pintura.

Pablo Soler Frost
México 2007


 

B. Por lo tanto, existen aún hoy los pintores; y los hay excelentes en su arte. Algunos explotan las afinidades que pueden vislumbrar del otro mundo, otros, más sutiles, permiten que del acto de pintar devenga un cuadro, un cuadro que se obedezca a sí mismo, que sea su fiel retrato y no su distorsionada imagen. Creo que así pinta Eric Pérez.

Cuando uno de esos buceadores se sumerge y encuentra la luz del día y tierra abajo del agua, es un claro momento de triunfo de la pintura, desdoblada.

La afición por lo clásico marcó la gran pintura; y esta afición, esta simpatía está presente en los cuadros sugeridos por la historia que pinta Eric Pérez.

Eric Pérez se me hace un Saturnino Herrán trasnochado y lúcido; y no es poco el elogio: Herrán es uno de nuestros mejores pintores, no sólo por su extraordinaria destreza de colorista, sino por la aguda percepción de la libertad soberana que confiere atender en todo las reglas áureas de la geometría.

La pintura no deleita; los pintores, por lo tanto, rara vez salen a la luz, aunque su industria sea otra manera de ver la luz revelada.

Et in Arcadia ego. Hubo antes algo, que sigue estando. Pero como no queremos que se nos recuerde su existencia, hemos cerrado los ojos a la naturaleza, a Dios y a nuestro destino común.

La libertad que le otorga su no-existencia al pintor es su arma más preciada. Eric Pérez hace un uso magnífico de ella, proponiendo una imagen de un pasado que se deleitaba en códices y pinturas. Pero no sólo ello: su percepción del presente es una rendija de luz en el remolino tenebroso de las otras imágenes, las que nos drogan.

Pintura y poesía, las dos artes que corrimos de nuestra casa, gozan de cabal salud, pero pocos las ven, y ya nadie las entiende cuando hablan sus bellos discursos.

La serenidad ante la catástrofe está en las pinceladas admirables de este pintor capitalino.

A + B van mezclados. Las imágenes de A se abren a las imágenes de B, y B a las de A, así, sucesivamente.  Por ejemplo las arenas de día y las arenas de noche; el lago exquisito, el naufragio y la fogata. 

 

Pablo Soler Frost